DOS GRUPOS EN LA POLICÍA DE PUERTO RICO: ¿HASTA CUÁNDO, “LOS BUENOS Y LOS MALOS”?


Por años he cubierto los acontecimientos policíacos de Puerto Rico, alrededor de 1985 estado cerca de la noticia, he escuchado a agentes, supervisores y ciudadanos, y también he conocido historias que muchas veces nunca llegan a los titulares. Pero hay algo que me preocupa y que merece una pregunta seria:
¿Qué está pasando dentro de la Policía de Puerto Rico? Desde hace años escucho expresiones de miembros de la Uniformada que hablan de divisiones internas, favoritismos, conflictos entre compañeros y hasta alegaciones sobre grupos que operan de manera distinta dentro de una misma institución.
No estoy diciendo que todos esos señalamientos sean ciertos. Precisamente
por eso deben investigarse. Porque una
cosa es tener diferencias administrativas, profesionales o personales, y otra muy distinta es que dentro de una institución cuya misión fundamental es proteger vidas, salvaguardar derechos y combatir el crimen, sus propios miembros sientan que existen bandos.
¿De qué estamos hablando cuando algunos policías se refieren a “los buenos y los malos”?
¿Quiénes son los buenos?
¿Quiénes son los malos?
¿Y quién determina dónde comienza una cosa y termina la otra?
La Policía tiene una estructura jerárquica definida, desde el agente hasta los rangos superiores. La ley vigente coloca sobre el Superintendente la responsabilidad de dirigir y administrar la institución, establecer su organización y determinar las funciones de sus miembros.
Por eso, la pregunta también llega hacia arriba:
¿Qué está haciendo el liderato de la Policía cuando un agente asegura que lleva años denunciando situaciones y siente que nadie lo escucha?
Desde coroneles, tenientes, sargentos y agentes, hasta los policías que diariamente salen a la calle a realizar su trabajo, todos deberían responder a una misma misión: servir y proteger.
No debería existir una Policía de “ellos” y otra Policía de “nosotros”. No debería haber policías que sientan que por denunciar una irregularidad terminan pagando las consecuencias.
Tampoco debería ocurrir lo contrario: que una acusación sin pruebas destruya la reputación de un policía que ha dedicado décadas de su vida al servicio público. Aquí hay que separar los hechos de los rumores.
Si existen denuncias sobre corrupción, favoritismo, persecución interna, abuso de autoridad o grupos que actúan al margen de las normas, corresponde investigarlas con seriedad. Y si las denuncias son falsas, también hay que decirlo.
Porque una institución policial no puede funcionar sobre rumores, miedo, silencios o lealtades personales.
La Policía de Puerto Rico acaba de atravesar cambios importantes en su estructura institucional con la Ley 83-2025, que convirtió nuevamente a la Policía en un organismo civil autónomo y colocó su administración inmediata bajo el Superintendente. Entonces, la pregunta es inevitable:
¿Estamos realmente construyendo una nueva Policía o seguimos arrastrando los mismos viejos problemas?
He cubierto la Policía durante muchos años y sé que allí también hay hombres y mujeres honestos, profesionales y comprometidos, que arriesgan su vida diariamente sin buscar protagonismo.
A esos policías hay que defenderlos.
Pero precisamente por ellos hay que investigar cualquier señalamiento que pueda afectar la confianza pública porque al final del día, el uniforme no pertenece a un grupo, pertenece al pueblo.
Y la Policía tampoco puede dividirse entre “los buenos” y “los malos”. Tiene que existir una sola Policía: la que respeta la ley, protege al ciudadano, respeta a sus propios miembros y responde ante el pueblo.
¿Hasta cuándo vamos a hablar de “los buenos y los malos” sin llegar al fondo del problema?
La verdadera historia de la Policía de Puerto Rico todavía tiene muchas páginas por escribir.
Y algunas, quizás, todavía están esperando que alguien se atreva a escribirlas.




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